La estrella del sur
La estrella del sur —¡Buena hora habéis elegido para semejantes discusiones! —terció John Watkins—. ¿Acaso monsieur Méré está seguro de salir airoso en un nuevo ensayo? Un segundo diamante que saliese de su aparato, ¿tendrÃa el color, el peso, y por consiguiente el valor del primero? ¿Puede él mismo responder de lograr hacer otra nueva piedra, aun cuando sea de un precio muy inferior? Y aun suponiendo que la obtuviese, ¿él se atreverÃa a afirmar que no habÃa entrado por mucho la casualidad?
Lo que decÃa John Watkins era sumamente razonable para no impresionar al joven ingeniero; por otra parte, respondÃa a las mil objeciones que se habÃa hecho. Su experimento se explicaba perfectamente con los datos de la quÃmica moderna. ¿Pero no habÃa intervenido grandemente la casualidad, en este primer éxito? Y si probaba otra vez, ¿estaba seguro de lograr su intento?
En estas condiciones, lo que importaba era atrapar al ladrón a toda costa y, lo que era más útil aún, el objeto robado.
—¿Hasta ahora no se ha encontrado ninguna huella de Matakit? —preguntó John Watkins, volviendo a lo que le interesaba, en vista de que el ingeniero no contestaba.
—Ninguna —respondió Cyprien.
—¡Ah! —exclamó mister Watkins—. Gustosamente entregarÃa quinientas, y hasta mil libras, por poderle echar la mano.