La estrella del sur
La estrella del sur —Yo no rÃo, mister Watkins —respondió muy seriamente Cyprien—. Pero si siento la pérdida de ese diamante, es únicamente porque me habÃais permitido ofrecérselo a vuestra hija.
—A lo que os estoy tan reconocida, monsieur Cyprien —dijo miss Watkins—, como si lo tuviese aún en mi poder.
—¡He aquà la cabeza de las mujeres! —exclamó el granjero—. ¡Tan reconocida como si lo tuviese aún en su poder!… ¡Ese diamante que no tiene igual en el mundo!
—¡En verdad que no es lo mismo! —advirtió James Hilton.
—Seguramente que no —agregó Friedel.
—Por el contrario, es lo mismo —declaró Cyprien—, puesto que si ha fabricado ese diamante, no será difÃcil fabricar otro.
—¡Oh, señor ingeniero! —exclamó Pantalacci con acento lleno de amenazas—. Creo haréis perfectamente en no repetir esa experiencia… En interés del Griqualandia… y también en el vuestro.
—¿De veras, caballero? —contestó Cyprien—. Creo no tendré necesidad de vuestra autoridad para hacerla.