La estrella del sur

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A cosa de las diez, el joven ingeniero, mucho más apesadumbrado de la conducta de Matakit que por la pérdida del diamante, se dirigió a la granja de John Watkins.

Allí encontró en magna conferencia al granjero, Annibal Pantalacci, James Hilton y Friedel. En el momento en que se presentó, Alice, que le había visto venir, entraba también en la sala en que su padre y sus asiduos comensales, discutían con estrépito sobre el partido que había que tomar para recobrar el diamante robado.

—¡Que se persiga a Matakit! —bramaba John Watkins en el colmo del furor—. Que se apoderen de él, y si no le encuentran el diamante, que le abran el vientre para ver si se lo ha tragado. ¡Ah, hija mía, qué bien has hecho en contar ayer aquella historia!… ¡Se le registrará hasta en las entrañas a ese bribón!

—Pero —intervino Cyprien con un tono bromista que no agradó mucho al granjero para tragarse una piedra de ese tamaño, es preciso que Matakit tuviese un estómago de avestruz.

—¿Acaso el estómago de un cafre no es capaz de todo, monsieur Méré? —replicó John Watkins—. ¿O encontráis conveniente reír en este momento y con este motivo?


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