La estrella del sur
La estrella del sur —Miss Watkins —repuso el joven ingeniero—, me veo obligado a confesar que todas las presunciones están contra él, puesto que ha huido. Pero lo que me parece cierto es que el tal Annibal Pantalacci tiene todas las trazas de ser un caballero que podrÃa decir bastante sobre la desaparición de la joya. ¡Qué rostro más patibulario! ¡Valiente asociado!… Pero, en fin, después de todo, vale más tenerle a la mano para vigilar todos sus movimientos, que dejarle obrar separadamente a su capricho…
Los tres pretendientes se despidieron de John Watkins y de su hija. Como era natural, en semejantes circunstancias, las despedidas fueron breves y se limitaron a cambiar algunos apretones de manos. ¿Qué hubieran podido decirse aquellos rivales que partÃan juntos y que cada uno de ellos hubiera dado al diablo a los demás?
Al entrar en su casa Cyprien encontró a Li y a Bardik.
Este joven cafre se habÃa mostrado muy diligente desde que le tomó a su servicio. El chino y él estaban hablando en el umbral de la puerta. El ingeniero les anunció que iba a partir en compañÃa de Friedel, de James Hilton y de Pantalacci para perseguir a Matakit.
Los dos cambiaron entonces una mirada, una sola; después, acercándose, sin decir una palabra de lo que pensaban del fugitivo: