La estrella del sur

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—Padrecito —pidieron a la vez—, llévanos contigo. Te lo rogamos.

—¿Llevaros conmigo?… ¿Y para qué?

—Para preparar tu café y tus comidas —empezó Bardik.

—Para lavar tu ropa —añadió Li.

—Y para impedir que los malvados te hagan daño —concluyeron al unísono, como si hubieran dado una consigna.

Cyprien les dirigió una mirada de reconocimiento.

—Sea —concedió—; os llevo a los dos, ya que lo deseáis. Luego marchó a despedirse de Jacobus Vandergaart, quien, sin aprobar ni desaprobar que Cyprien tomase parte en aquella expedición, le estrechó cordialmente la mano, deseándole un feliz viaje.

Cuando al otro día, seguido de sus fieles, se dirigió hacia Vandergaart para tomar la diligencia de Potchefstrom, el joven ingeniero dirigió los ojos hada la granja Watkins, que parecía estar aún sumida en un profundo sueño.

¿Fue una ilusión? Lo cierto es que creyó ver tras de la cortina de blanca muselina de una de las ventanas, una forma ligera que, en el momento en que se alejaba, le hizo una postrera señal de despedida.


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