La estrella del sur
La estrella del sur La cuestión de armas no resultó menos delicada. Cyprien había escogido sus fusiles, un excelente rifle del sistema Martini Henry, y una carabina Remington, que no brillaba por su elegancia, pero que era muy segura y se cargaba rápidamente. Pero lo que jamás hubiera hecho, si el chino no se indicaba, era el proveerse de cierto número de cartuchos de bala explosiva. También había creído llevar suficientes municiones con quinientas o seiscientas cargas de pólvora y plomo, y quedó muy sorprendido al saber que el mínimo exigido por la prudencia en este país de fieras y de indígenas no menos temibles, era el de cuatro mil tiros por fusil.
Cyprien debió también proveerse de dos revólveres de bala explosiva, y completó su armamento con la compra de un soberbio cuchillo de caza, que figuraba desde hacía cinco años antes en el escaparate del armero de Potchefstrom. Li fue quien le aconsejó esta adquisición, asegurándole que nada le sería más útil que ese cuchillo. Por otra parte, el cuidado que él mismo se tomó de limpiarle el filo y pulimento de aquella hoja corta y ancha, bastante semejante al sable-bayoneta de la infantería francesa, demostraba su confianza que compartía con todos los hombres de su raza.