La estrella del sur

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Ante semejante eventualidad no había que vacilar. Cyprien suspendió inmediatamente su negociación, y procuró informarse. Todo el mundo confirmó lo dicho por Bardik. Era un hecho tan notorio en el país, que ya ni aun de ello se hablaba.

Puesto de esta manera en guardia contra su inexperiencia, el joven ingeniero se volvió más prudente y se aconsejó de un veterinario de Potchefstrom. Gracias a la intervención de este especialista, le fue posible procurarse en algunas horas la montura que necesitaba para este género de viaje. Era un— viejo caballo gris, que sólo tenía la piel y los huesos y no poseía más que una pequeña fracción de la cola. Pero bastaba mirarle para asegurarse que por lo menos había estado salado, y aunque tenía un trote algo duro, valía mucho más de lo que prometía su estampa. «Templar» —éste era su nombre— gozaba en el país de una verdadera reputación como caballo de fatigas, y cuando Bardik, a quien se reconoció el derecho de ser consultado, le vio, se declaró plenamente satisfecho.

En cuanto a él, debía especialmente dedicarse a la dirección de la carreta y de los bueyes, función en la que debía ser auxiliado por su camarada Li. No había, pues, que inquietarse en procurar monturas ni al uno ni al otro, lo que Cyprien no hubiera podido hacer, dado el excesivo precio que hubo de desembolsar para la adquisición de su propio caballo.


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