La estrella del sur
La estrella del sur Al ruido de los cascos de «Templar», el león abrió los ojos, levantó la cabeza y bostezó, mostrando, entre dos filas de dientes formidables, un abismo en el cual hubiera podido desaparecer entero un niño de diez años. Después miró al caballero que se había detenido a veinte pasos de él.
Por fortuna, el feroz animal no tenía hambre, sin lo cual no se hubiera mostrado tan indiferente.
El ingeniero, con la carabina en la mano, aguardó dos o tres minutos la decisión del león; pero viendo que no se hallaba de humor de empezar las hostilidades, no se sintió con ganas de perturbar la tranquilidad de aquella interesante familia, y volviendo bridas, se dirigió despacio hacia sus compañeros.
Éstos, obligados a reconocer su sangre fría y su bravura, le acogieron con grandes aclamaciones.
—Hubiera perdido mi apuesta, mister Hilton —manifestó tranquilamente Cyprien.
En la misma noche se llegó a la orilla derecha del Limpopo, con objeto de hacer alto. Allí Friedel se obstinó en pescar una fritada, a pesar de las advertencias de James Hilton.
—Es muy malsano, camarada —le insistió una y otra vez—. Sabed que en el Bush Veld no hay que permanecer, después de la puesta del sol, junto a los cursos de agua, ni…