La estrella del sur
La estrella del sur —¡Bah, bah! —menospreció el alemán, con la terquedad propia de su nación.
—¿Y qué mal puede haber —terció Pantalacci— en permanecer una o dos horas a la orilla del agua? ¿No me ha ocurrido a mà pasar dÃas enteros, mojado hasta los huesos, cuando iba a cazar ánades?
—No es lo mismo —aseguró Hilton.
—Eso son tonterÃas —declaró el napolitano—. Querido Hilton, mejor harÃais en buscar la caja del queso rayado para mis macarrones, que en impedir a nuestro camarada que vaya a procurarnos un plato de pescado. Esto variará nuestro menú ordinario.
Friedel partió sin querer prestar oÃdo a Hilton, y se retardó tanto, que era ya bien de noche cuando volvió al campamento. AllÃ, el obstinado cazador comió con apetito, hizo honor, como todos los demás, a los pescados que habÃa cogido, pero se quejó de violentos escalofrÃos cuando se acostó en la carreta junto a sus camaradas.
Al dÃa siguiente, al amanecer, cuando se levantó para la partida, Friedel era presa de una fiebre ardiente, y se vio en la imposibilidad de montar en su caballo. Pidió, sin embargo, que se pusiesen en camino, afirmando que él irÃa muy bien sobre la paja en el fondo de la carreta. HÃzose como pedÃa.
Al medio dÃa deliraba ya. A las tres habÃa muerto.