La estrella del sur
La estrella del sur Méré tenÃa ya la mano sobre el pomo de la puerta para abandonar esa habitación en que se ahogaba.
—Sin rencor, ¿eh? —le gritó mister Watkins—. Ya sabéis que os aprecio, monsieur Méré, y que siempre tendré el mayor gusto en veros como locatario y como amigo. Y a propósito, esta noche aguardamos a comer a varias personas. Si queréis ser de los nuestros os…
—No, gracias, caballero —respondió frÃamente Méré al tiempo que se disponÃa a salir de la estancia—. Tengo que dejar lista mi correspondencia para antes de la hora del correo.
—¡Ah, cuán terribles son esos franceses! ¡Atroces! —repitióse mister Watkins encendiendo su pipa con una mecha que se hallaba siempre al alcance de su mano.
Y se echó al coleto un gran vaso de ginebra.