La estrella del sur
La estrella del sur Nadie entendÃa una palabra de lo que se decÃan en su rápido lenguaje; pero bastaba ver sus rostros congestionados, sus gestos elocuentes, sus grandes enfados, para estar seguro de que el debate era para ellos del más alto interés.
Más, de pronto, esta discusión tan viva fue interrumpida por una aparición inesperada.
Un negro de elevada talla, envuelto con dignidad en un deteriorado manto de algodón rojo, ceñida la frente con un diadema de intestinos de carnero, que los guerreros cafres llevan habitualmente, acababa de salir del matorral junto al que se debatÃa la transacción, sacudiendo fuertes golpes con el astil de su lanza sobre los pobres macalaccas, cogidos en flagrante delito de operaciones prohibidas.
—¡Lopepe!… ¡Lopepe!… —exclamaron los salvajes huyendo por todas partes como una bandada de ratones.
Pero un cÃrculo de guerreros negros, surgiendo de repente de la espesura que rodeaba el campamento, les impidió el paso.