La estrella del sur
La estrella del sur El razonamiento era especioso, pero no por eso valía menos. Lo que el joven cafre no veía era que los macalaccas iban a aceptar sus botones de cobre, no por el uso que de ellos pudieran hacer, puesto que no gastaban vestidos, sino por el supuesto valor que atribuían a aquellos redondeles de metal tan parecidos a piezas de moneda. Había, pues, en este hecho un verdadero engaño.
Cyprien reconoció que el distingo era demasiado sutil para no ser apreciado por aquella inteligencia de salvaje, muy ampliada en materia de transacción, y le dejó, en libertad de obrar a su gusto.
Por la noche, a la luz de las antorchas, se prosiguió la operación comercial de Bardik. Los macalaccas tenían indudablemente un gran temor de ser engañados por su vendedor, porque no se contentaron con los fuegos encendidos por los blancos, y llegaron cargados de haces de maíz, que encendieron luego de haberlos colocado en el suelo.
Estos indígenas exhibieron luego las plumas de avestruz, y se pusieron en disposición de examinar los botones de Bardik.
En aquel momento dio comienzo entre ellos, con gran esfuerzo de gesticulaciones y de gritos, un debate de los más animados sobre la naturaleza y el valor de los redondeles de metal.