La estrella del sur
La estrella del sur El genio comercial de Bardik quedó evidenciado muy pronto en el arte consumado con que supo obligarles a declarar que, pese a su miseria, poseÃan unas cuantas plumas de avestruz cuidadosamente ocultas en un matorral vecino. Inmediatamente éste les propuso comprarlas, y quedaron citados para reunirse por la noche.
—¿Tienes dinero que darles a cambio? —inquirió Cyprien bastante sorprendido.
Y Bardik, entonces, a grandes carcajadas, le enseñó un puñado de botones de cobre, coleccionados por él— desde dos o tres meses antes y que llevaba guardados en una bolsa de tela.
—Eso no es una moneda seria —le hizo saber Cyprien—, y yo no puedo permitir que les pagues a esas gentes con algunas docenas de botones viejos.
Pero fue imposible hacer comprender a Bardik el por qué era reprensible su proyecto.
—Si los macalaccas aceptan mis botones a cambio de sus p1tunas, ¿quién puede hallar nada que decir? —preguntó—. Bien sabéis que nada les ha costado recoger las plumas, ni aun tienen el derecho de poseerlas, puesto que no pueden mostrarlas sino ocultamente. Un botón, por el contrario, es un objeto útil, más útil que una pluma de avestruz. ¿Por qué, pues se me ha de prohibir ofrecer una docena, y aun dos, a cambio de un número igual de plumas?