La estrella del sur
La estrella del sur La opinión de éstos estaba dividida respecto al partido que era preciso tomar. Annibal Pantalacci querÃa que se cediera al instante, para no enemistarse con el jefe betchuana. James Hilton y Cyprien Méré, reconociendo lo que de bueno tenÃa este sistema, temÃan, al mostrarse demasiados conciliadores, excitar la arrogancia de Lopepe, y tal vez, si llevaba más lejos sus pretensiones, hacer inevitable un encuentro.
En un rápido consejo tenido a media voz, se convino en entregar los botones al jefe betchuana, pero reclamar las plumas.
James Hilton se apresuró a manifestárselo por medio de gestos y con ayuda de algunas palabras cafres.
Lopepe adoptó al principio un aire diplomático, y pareció vacilar; pero el cañón de los rifles europeos, que veÃa brillar en la sombra, le decidió bien pronto, y devolvió las plumas.
A partir de este momento, Lopepe, hombre muy inteligente, se mostró más tratable. Ofreció a los tres europeos, a Bardik y a Li un polvo de su inmensa tabaquera, y se sentó en el vivac. Un vaso de brandy, ofrecido por el napolitano acabó por ponerle de buen humor, y cuando se levantó, después de una sesión de hora y media, que se pasó por una y otra parte en un silencio casi completo, invitó a la caravana a devolverle la visita, en su kraal al siguiente dÃa.