La estrella del sur
La estrella del sur Prometiéronlo así, y luego de cambiar algunos apretones de manos, Lopepe se retiró majestuosamente.
Poco tiempo después de su partida, todo el mundo estaba acostado, a excepción de Cyprien, que soñaba contemplando las estrellas, luego de haberse envuelto en su manta. Hacía una noche sin luna, pero brillante de astros. El fuego se había extinguido, sin que el joven ingeniero se apercibiese de ello.
Pensaba en su familia, que no podía imaginarse en aquel momento que una aventura semejante le hubiese arrojado al África austral, en pleno desierto; en la encantadora Alice, que tal vez como él contemplaba entonces las estrellas; en fin, en todos los seres que le eran queridos.
Y dejándose arrastrar por la dulce meditación que poetizaba el gran silencio de la llanura, iba a quedarse aletargado, cuando un pataleo, una agitación singular, procedente del sitio en que estaban apriscados los bueyes para pasar la noche, le despertaron e hicieron levantarse.
Cyprien creyó distinguir entre la sombra una forma más baja, más recogida que la de los bueyes, y que sin duda era la que causaba esta agitación.