La estrella del sur

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Comenzóse por cambiar los habituales cumplimientos, si bien el ceremonial se redujo a apurar una taza de bebida fermentada, procedente de la manufactura misma del anfitrión; pero para indicar bien que esta cortesía no ocultaba pérfidos proyectos, éste comenzaba siempre por mojar sus gruesos labios antes de pasar la taza al extranjero. No beber de una invitación tan graciosa, hubiera sido una injuria mortal. Los tres blancos tragaron, pues, la cerveza cafre, no sin bastantes gestos por parte de Pantalacci que hubiera preferido, según decía, un vaso de lacryma christi a aquella repugnante tisana de los betchuanas.

Luego se habló de negocios. Lopepe hubiera querido comprar un fusil; pero ésta era una satisfacción que no se le podía dar, a pesar de haber ofrecido en cambio un caballo bastante regular y ciento cincuenta libras de marfil. En efecto, los reglamentos coloniales son sumamente rigurosos en este punto, y prohíben a los europeos toda cesión de armas a los cafres de la frontera, salvo autorización especial del gobernador. Para indemnizarle, los tres huéspedes de Lopepe habían llevado para él una camisa de franela, una cadena de acero y una botella de ron, que constituían un espléndido presente, y que le produjeron manifiesto placer.

El jefe de los betchuanas se mostró, pues, completamente dispuesto a dar todas las noticias que se le pidieran, por medio de James Hilton.


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