La estrella del sur
La estrella del sur Un arroyo de aguas tan claras que por todas partes se veía el fondo de su lecho, corría entre dos praderas de un verde esmeralda. Árboles frutales de las más variadas hojas tapizaban el talud de las colinas que encerraban la cuenca. Sobre el fondo, aún alumbrado por el Sol, a la sombra de enormes baobabs, pacían tranquilamente rebaños de antílopes rojos, cebras y búfalos. Más distante, un rinoceronte blanco, atravesando pesadamente una ancha pradera, se dirigía con lentitud hacia la orilla del agua y roncaba de placer ante la idea de enturbiarla al sumergir en ella su cornuda masa. Oíase alguna fiera invisible que bostezaba de tedio oculta entre la espesura. Relinchaba un onagro, y legiones de monos se perseguían a través de los árboles. Cyprien y sus dos compañeros se habían detenido en la cima de una colina para contemplar mejor el espectáculo, tan nuevo para ellos. Veíanse, por fin, en una de aquellas vírgenes regiones en que el animal salvaje, dueño incontestable del suelo, todavía vive tan feliz y libre, que ni aun sospecha el peligro. Lo sorprendente era, no sólo el número y la tranquilidad de aquellos animales, sino la admirable variedad de la fauna que representaban en esta parte del África. Hubiérase creído contemplar uno de esos lienzos extraños en el que un pintor se hubiera gozado en reunir, en un estrecho espada, todos los principales tipos del reino animal.
