La estrella del sur
La estrella del sur Los habitantes eran escasos. En medio de estos inmensos paÃses, no pueden hallarse los cafres sino muy diseminados en su superficie. Aquello es el desierto, o poco menos.
Cyprien, satisfecho en sus instintos de sabio artista, se hubiera creÃdo transportado a la edad prehistórica del megaterio y otras bestias antediluvianas.
—Sólo faltan elefantes para que la fiesta sea completa —exclamó.
Luego Li, extendiendo el brazo, mostró, en medio de una vasta pradera, varias masas grises. De lejos, hubiéranse creÃdo otras tantas rocas, no sólo por su inmovilidad, sino también por el color. En realidad, era un rebaño de elefantes. La llanura estaba como moteada en una extensión de muchas millas.
—¿Conoces los elefantes? —preguntó Méré al chino mientras hadan alto para pasar la noche.
—He habitado dos años en la isla de Ceilán, en calidad de ayudante de caza —respondió sencillamente con la marcada reserva que guardaba en todo lo concerniente a su biografÃa.
—¡Ah, si pudiéramos derribar uno o dos! —dijo James Hilton—. Es una caza muy divertida.