La estrella del sur
La estrella del sur —SÃ, y en la que la pieza vale bien la pólvora que cuesta —afirmó Annibal Pantalacci—. Dos colmillos de elefante constituyen un bonito botÃn, y fácilmente nos serÃa posible colocar tres o cuatro docenas en la trasera de la carreta… Sabed, camaradas, que no necesitarÃamos más para cubrir los gastos del viaje.
—¡Vaya idea estupenda! —agregó James Hilton—. ¿Por qué no ponerla en práctica mañana temprano, antes de continuar nuestro camino?
Discutióse la cuestión, y quedó decidido levantar el campamento a las primeras luces del dÃa, e ir a probar fortuna por el lado del valle en que acababan de verse los elefantes.
Convenido esto, y despachada rápidamente la comida, todo el mundo se retiró a la baca de la carreta, a excepción de James Hilton, que, de guardia aquella noche, debÃa quedarse junto al fuego.
HacÃa cerca de dos horas que se encontraba solo y comenzaba a aletargarse, cuando se sintió ligeramente tocado por el codo. Abrió los ojos y vio a Pantalacci sentado junto a él.
—No puedo dormir —se excusó el napolitano—, y he pensado de que valÃa más que dejaras solo, venir a haceros compañÃa.