La estrella del sur
La estrella del sur —Es una amabilidad de vuestra parte, tanto más cuanto que a mà no me disgustarÃa gozar de algunas horas de sueño —manifestó James Hilton estirando los brazos—. Si queréis, podemos arreglamos fácilmente; yo iré a ocupar vuestra plaza bajo la baca, y vos guardaréis aquà la mÃa.
—No, quedaos, tengo que hablaras —dijo entonces Annibal Pantalacci, ya sin rodeos, y continuó con voz sorda:
—¿Habéis cazado ya alguna vez el elefante?
—Sà —afirmó James Hilton—, dos veces.
—Pues bien, ya sabéis que es una caza peligrosa. El elefante es tan inteligente, tan astuto, y está tan bien armado… Es raro que el hombre no lleve desventaja contra él.
—¡Bueno! Sin duda habláis de los que son torpes —objetó James Hilton—, pues con una buena carabina cargada con balas explosivas, no hay gran cosa que temer.
—Estoy de acuerdo con vos —dijo el napolitano—. Sin embargo, ocurren accidentes… Suponed que mañana sufre uno el Frenchman, lo que serÃa una verdadera desgracia para la ciencia…
—¡Una verdadera desgracia! —confirmó James Hilton. Y se echó a reÃr malignamente.