La estrella del sur
La estrella del sur Pero, recordando la visita que una partida de cafres les había hecho en uno de sus últimos campamentos, teniendo en cuenta las preguntas dirigidas a Li y a Bardik, el temor que habían demostrado de ver que unos extranjeros, espías tal vez, se aventurasen en el país de Tonaia, podían preguntarse, no sin razón, si Bardik, caído entre las manos de estos indígenas, no habría sido conducido hasta su capital.
El día concluyó tristemente, y la noche fue más lúgubre todavía.
Un viento de desgracia parecía soplar sobre la expedición. Pantalacci permanecía mudo y sombrío. Sus dos cómplices, Friedel y James Hilton, habían muerto, y ahora quedaba él solo ante al joven rival pero más que nunca decidido a desembarazarse de un pretendiente a quien no podía tolerar ni en el negocio del diamante ni en el del matrimonio. Y para él éstos no eran sino verdaderos negocios.
En cuanto a Cyprien —al cual Li había contado todo lo que había oído a propósito de la sustracción de los cartuchos— le era entonces necesario velar de día y de noche sobre su compañero de viaje. Verdad es que el chino contaba tomar sobre sí una buena parte en este cuidado.
Méré y Annibal Pantalacci pasaron la noche fumando silenciosamente junto al fuego y se retiraron bajo la baca del vagón sin cambiar siquiera un saludo.