La estrella del sur
La estrella del sur ¡Entonces pudo medirse la extensión de la pérdida que los expedicionarios habían sufrido en la persona de Bardik! Si este inteligente servidor hubiese estado en su puesto, no habría dejado, él que conocía las costumbres de la raza bovina en el África austral, de atar a los árboles o a unos postes aquellas bestias que habían reposado durante todo el día. Ordinariamente al llegar a las paradas, después de un largo día de marcha, la precaución era inútil; los bueyes extenuados de fatiga, no piensan entonces más que en pacer por los alrededores del vagón; después se acuestan y no se separan, al despertar, sino una centena de metros. Pero no sucede lo mismo después de un día de reposo y de abundancia.
Sin duda alguna, el primer cuidado de estos animales al despertar, había sido el de buscar hierbas más finas que las que habían comido la víspera; deseosos de esparcirse, se habían ido separando poco a poco hasta perder de vista el campamento, y excitados luego por el instinto que les atrae hacia el establo, era probable que, uno tras otro, habían ido tomando el camino del Transvaal.
Éste era un desastre que no por ser frecuente en las expediciones de la baja África, deja de ser de los más graves, porque sin yuntas, el vagón es inútil, y el vagón para el viajero africano es a la vez la casa el almacén y la fortaleza.