La estrella del sur
La estrella del sur Grande fue la contrariedad de Cyprien y de Annibal Pantalacci cuando, después, de una encarnizada carrera de dos o tres horas sobre las huellas de los bueyes, tuvieron que reconocer que era preciso renunciar a toda esperanza de encontrarlos.
La situación se había agravado. Hubo que reunirse en consejo. Sólo había una solución práctica que adoptar: abandonar el vagón, cargar con las provisiones de boca y municiones pudieran llevar, y continuar el viaje a caballo. Si las circunstancias les favorecían, tal vez podrían encontrar ocasión de negociar con algún jefe cafre la compra de un nuevo atalaje de bueyes, contra un fusil o cartuchos. En cuanto a Li, tomaría el caballo de James Hilton.
Pusiéronse, pues, a cortar gran número de ramas grandes con que cubrir el vagón para que quedase oculto bajo una especie de matorral artificial. Después, cada cual cargó con lo que pudo encerrar en sus bolsillos, y en su saco, de ropa, cajas de conservas y municiones. Con mucha pena, el chino tuvo que renunciar a llevarse su caja roja, que era demasiado pesada; pero fue imposible decidirle a abandonar su cuerda, que arrolló a su cuerpo, bajo su blusa, como un cinturón.
Terminados estos preparativos, después de echar la última mirada a este valle en el que habían tenido lugar tan trágicos acontecimientos, los tres caballos volvieron a tomar el camino de las alturas.