La estrella del sur

La estrella del sur

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Este camino, como todos los de la región, era sencillamente un sendero abierto por las fieras, que siguen casi siempre la línea recta para dirigirse a sus abrevaderos.

Era más del mediodía, y, bajo un sol abrasador, Cyprien, Pantalacci y Li marcharon a buen paso hasta la noche; después cuando hubieron acampado en una garganta profunda, al abrigo de una roca, convinieron en que la pérdida del vagón no era irreparable.

Durante dos días aun avanzaron de este modo, sin dudar de que se hallaban sobre la pista de aquél a quien perseguían. En efecto, la noche del segundo día, un poco antes de ponerse el sol, al dirigirse lentamente hacia un grupo de árboles bajo el cual debía pasar la noche, Li lanzó de repente una exclamación gutural, al tiempo que señalaba con el dedo un punto negro que se movía en el horizonte entre las últimas luces del crepúsculo.

Las miradas de Cyprien y Pantalacci siguieron naturalmente la dirección indicada por el dedo del chino.

—¡Un hombre! —exclamó el napolitano.

—¡Es el mismo Matakit! —agregó Cyprien, que se había apresurado a observar con el anteojo—. ¡Distingo perfectamente su carrito y su avestruz!… ¡Es él!…


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