La estrella del sur
La estrella del sur Y pasó el anteojo a Pantalacci, que pudo a su vez convencerse de la verdad del hecho.
—¿A qué distancia creéis que se encuentra en este momento? inquirió Cyprien Méré.
—A siete u ocho millas por lo menos, tal vez a diez —calculó el napolitano.
—¿Entonces hay que renunciar a la esperanza de poderle alcanzar hoy?
—Por supuesto —respondió Annibal Pantalacci—. Dentro de media hora habrá cerrado la noche, y no hay que pensar en dar un paso en aquella dirección.
—Bien; no importa. Mañana le alcanzaremos con seguridad, partiendo temprano.
—Ésa es mi opinión.
Los jinetes habían llegado a un macizo de árboles y echaron pie a tierra. Según su costumbre constante, comenzaron desde luego por ocuparse de los caballos, que frotaron y almohazaron con cuidado antes de atarlos a los piquetes para dejarlos pacer. Durante esta operación, el chino se ocupaba en encender el fuego.
Entretanto llegó la noche. La comida fue más alegre que en los tres días anteriores; pero apenas se terminó, los tres viajeros arrollándose en sus mantas, después de alimentar debidamente el fuego para que durase toda la noche, colocaron sus cabezas sobre las sillas y se prepararon a pasada durmiendo.