La estrella del sur
La estrella del sur Importaba estar en pie antes de amanecer, con el fin de ganar el camino y reunirse a Matakit.
Cyprien y el chino tardaron poco en quedar completamente dormidos, lo que no era muy prudente por su parte.
No sucedió lo mismo al napolitano. Durante dos o tres horas se agitó bajo su manta como un hombre dominado por una alguna idea fija.
Una tentación criminal se había apoderado de él.
Por fin, —no pudiendo más, se levantó con el mayor silencio, se acercó a los caballos y ensilló el suyo; después, atando a «Templar» con el del chino, y tirando de la brida, se los llevó entrillados.
La hierba fina de que estaba tapizado el suelo apagaba el ruido de los pasos de los tres caballos, que se dejaban conducir con fácil resignación, dado la sorpresa que les produjera tan brusco despertar.
Annibal Pantalacci les hizo entonces bajar hasta el fondo del valle, los ató a un árbol y se volvió al campamento. Ni uno ni otro de los durmientes se habían despertado.
El napolitano recogió su manta, su fusil, sus municiones y algunas provisiones de boca; y fría y deliberadamente, abandonó a sus compañeros en medio del desierto.