La estrella del sur
La estrella del sur La idea que le habÃa dominado desde la puesta del sol, era que llevándose los caballos iba a poner a Méré y a Li en la imposibilidad de alcanzar a Matakit, lo cual era asegurarse la victoria. El odioso carácter de esta traición, la cobardÃa que revelaba al despojar asà a unos compañeros de los cuales no habÃa recibido sino beneficios, nada detuvo al miserable. Se colocó en la silla, y tirando hacia sà de las dos bestias, que resoplaban ruidosamente en el lugar que las habÃa dejado, se alejó al trote, bajo la luz de la luna.
El francés y Li siguieron durmiendo hasta las tres de la mañana, hora en que el chino abrió los ojos y contempló las estrellas que palidecÃan en el horizonte del Este.
—Ya es tiempo de hacer el café —murmuró.
Y sin más tardanza, arrojando la manta con que estaba cubierto, se puso de pie, y procedió a su tocado matinal, que nunca descuidaba, ni en el desierto ni en la ciudad.
—¿Dónde está Annibal Pantalacci? —se preguntó de pronto. Empezaba a apuntar el alba, y los objetos se hacÃan más distintos alrededor del campamento.
—¡Tampoco están allà los caballos! —advirtió Li—. Acaso ese canalla habrá…