La estrella del sur

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Li se apresuró a obedecerle. En algunos minutos quedaron arrolladas las cubiertas, y puestos los sacos a la espalda; después se hizo un montón con todo lo que se vieron obligados a abandonar, cubriéndolo con una espesa capa de ramas y de abrojos, y se pusieron en marcha.

Cyprien había tenido razón al decir que, bajo cierto aspecto, sería tal vez más cómodo ir a pie.

De esta manera pudo tomar el camino más corto, franqueando montañas abruptas, que ningún caballo hubiera sido capaz de escalar, ¡pero a cambio de cuántas fatigas!

Era aproximadamente la una de la tarde cuando llegaron a la vertiente norte de la cadena que seguían hacía tres días. Según las noticias dadas por Lopepe, no deberían hallarse lejos de la capital de Tonaia.

Desgraciadamente, las indicaciones del camino que debían seguir eran tan vagas, y las ideas de distancia tan confusas en la lengua betchuana, que era muy difícil saber de antemano si serían precisos dos o cinco días para llegar.

Al descender Cyprien y Li el talud del primer valle que se había abierto ante ellos, después de haber franqueado de hecho la línea, éste hizo su risita seca, y dijo:

—Jirafas.


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