La estrella del sur

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—¿Dónde está Pantalacci? —inquirió.

—¡Partido, padrecito! —contestó Li con el tono más natural como si se hubiese tratado de una cosa convenida.

—¡Cómo!… ¿Se ha ido?

—Sí, padrecito, con los tres caballos.

Méré se desembarazó de su manta, y arrojó en torno suyo una mirada que le hizo comprenderlo todo.

Pero tenía un alma demasiado templada para demostrar su inquietud y su indignación.

—Muy bien —manifestó—; pero no se imagine ese miserable que en este asunto se ha pronunciado ya la última palabra.

Cyprien dio cinco o seis pasos de un lado para otro, absorto en sus pensamientos y reflexionando sobre el partido que convenía tomar.

—Hay que ponerse en marcha al momento —comunicó al chino—. Vamos a dejar aquí esta silla, esta brida, todo lo que sea embarazoso o demasiado pesado, y no llevar más que los fusiles y los víveres que nos quedan. Marchando bien, podemos ir casi tan de prisa y aun tomar caminos más directos.


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