La estrella del sur
La estrella del sur Las jirafas resultaban verdaderamente soberbias, con su nariz al viento, sus pequeñas cabezas asustadas, sus lenguas pendientes. En cuanto a Li, no se inquietaba gran cosa; su puesto había sido escogido cuidadosamente, cerca de una angostura del camino, por la que los animales no podían pasar sino de dos en dos, y por tanto, nada tenía que hacer más que esperar.
Dejó primero que desfilasen tres o cuatro; luego, divisando una entre ellas que era de una talla extraordinaria, lanzó su primer lazo. La cuerda silbó, arrollándose alrededor del cuello de la bestia, que dio algunos pasos todavía; pero en el momento, la cuerda se estiró, le apretó la laringe, y la jirafa se detuvo.

El chino no perdió su tiempo contemplándola. Apenas vio que con el primer lazo había conseguido el objeto que se proponía, agarró el segundo y lo lanzó sobre otra jirafa.
El golpe no fue menos feliz. Todo esto había pasado en menos de treinta segundos. Ya el rebaño, espantado, se había dispersado en todas direcciones; pero las dos jirafas medio estranguladas, quedaban prisioneras.
—Venid, padrecito —gritó el oriental a Cyprien, que corría hacia él poco confiado en la maniobra.