La estrella del sur
La estrella del sur Pero tuvo que rendirse a la evidencia; allà vio dos soberbias bestias, grandes, fuertes, robustas, de jarrete fino, de relucientes lomos. A pesar de su admiración, no le parecÃa realizable la idea de servirse de ellas como monturas.
—En efecto ¿cómo sostenerse sobre aquel espinazo que desciende hacia la parte posterior con una inclinación de sesenta centÃmetros por lo menos? —decÃa riéndose.
—Pues poniéndose a caballo sobre la espalda y no sobre los flancos de la bestia —exclamó—. Además, que no es tan difÃcil colocar una manta arrollada bajo la trasera de la silla.
—No tenemos silla.
—Yo iré a buscar la vuestra al campamento.
—¿Y qué bridas emplearemos para tales bocas?
—Ahora lo vamos a ver.
El chino Li tenÃa respuesta para todo, y con él los hechos seguÃan de cerca a las palabras.
Aún no habÃa llegado la hora de comer, y ya, con un trozo de su cuerda, tenÃa formados dos fuertes cabestros, que puso en las cabezas de las jirafas; los extremos de la cuerda debÃan servir de riendas.
Las pobres bestias mostrábanse muy asustadas y eran además de un natural tan dulce, que no opusieron la menor resistencia.