La estrella del sur
La estrella del sur Ambos quedaron tan encantados con este descubrimiento, que su primer movimiento fue celebrarlo con una verdadera fantasÃa árabe. Cyprien lanzó un alegre ¡hurra!, Li un gruñido, que tenÃa la misma significación. Después pusieron sus jirafas al galope.
Evidentemente, Matakit habÃa apercibido al napolitano, que comenzaba a ganar terreno sobre él; pero no podÃa ver a su antiguo amo ni a su camarada del kopje; aun bastante alejados en la pradera.
El joven cafre, a la vista de Pantalacci, que no creÃa hombre capaz de darle cuartel, y que sin explicación de ningún género le matarÃa como a un perro, apresuraba cuanto le era posible la marcha de su carrito, tirado por el avestruz. La rápida bestia devoraba el espacio; y tanto le devoraba, que tropezó de pronto contra una gruesa piedra. Hubo una sacudida tan violenta, que el eje del vehÃculo, resentido sin duda por tan largo y penoso viaje, se partió por la mitad. Una de las ruedas se desprendió de su eje, con lo cual el carrito, con Matakit encima, fue a caer en medio del camino.
El desgraciado cafre quedó seguramente muy magullado por su caÃda; pero el terror que le dominaba resistió hasta un choque semejante, mejor dicho, redobló todavÃa. Bien convencido de que era hombre muerto si se dejaba alcanzar por el cruel napolitano, se levantó apresuradamente, desenganchó su avestruz, y lanzándose sobre él a horcajadas, partió al galope.