La estrella del sur
La estrella del sur Entonces comenzó una steeple chasse vertiginosa, y como no se ha visto en el mundo desde los espectáculos del Circo Romano, en que las carreras de avestruces y dé jirafas formaban a menudo parte del programa.

En efecto, mientras que Pantalacci perseguía a Matakit, Cyprien y Li se lanzaron sobre las huellas del uno y del otro. ¿No tenían interés en apoderarse de los dos? ¿Del joven cafre para concluir con la cuestión del diamante robado, y del miserable napolitano para castigarle como merecía?
Así es que las jirafas, lanzadas a rienda suelta por sus jinetes, que habían visto el accidente, marchaban casi tan rápido como los caballos de pura sangre, tendidos adelante sus largos cuellos, la boca abierta, las orejas echadas atrás, espoleadas, castigadas con látigos, obligadas a desarrollar toda la velocidad de que eran susceptibles.
En cuanto al avestruz de Matakit, su velocidad era prodigiosa. No hay vencedor del Derby o del gran premio de París, que hubiese podido luchar con él.
Sus pequeñas alas inútiles para volar, le servían, sin embargo, para acelerar la carrera. Todo esto era tan arrebatado, que al cabo de algunos minutos el joven cafre había ganado ya una distancia considerable sobre el que le perseguía.