La estrella del sur

La estrella del sur

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—¿Creéis —preguntaba en alta voz a su vecino— que su ictericia será contagiosa? —y dirigía una mirada a la amarilla tez del chino.

O bien:

—¡Me gustaría tener unas tijeras para cortarle la trenza! ¡Veríais qué cabeza!

Los viajeros reían, redoblándose su hilaridad por la circunstancia de que, invirtiendo los bóers algún tiempo en acabar de comprender lo que decía el napolitano, se entregaban a una estrepitosa risa con un retardo de dos o tres minutos.

Por fin Méré se irritó con esta persistencia en tomar por monigote al pobre Li, y dijo a Pantalacci que su conducta no era generosa. El otro iba tal vez a responder una insolencia; pero unas palabras de Thomas Steel fueron suficientes para que se tragara prudentemente su sarcasmo.

—¡No, no es leal obrar de esa manera con un pobre diablo que ni aun comprende lo que decís! —agregó el bravo joven, reprochándose haber tomado parte en aquella burla con los demás.

El altercado quedó sin consecuencias. Pero unos instantes después, Méré se sorprendió al ver la mirada fina y algo burlona, una mirada evidentemente llena de reconocimiento que el chino le dirigía.

Entonces se le ocurrió que tal vez Li sabía más inglés de lo que parecía.


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