La estrella del sur

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Después de haberse distraído un instante con sus fisonomías y sus maneras, Cyprien se cansó pronto. Tan sólo continuaron interesándole Steel, con su naturaleza poderosa, y el chino Li, con sus maneras dulces y felinas. En cuanto al napolitano, sus bufonadas siniestras y su cara patibularia, le inspiraban un invencible sentimiento de repulsión.

Una de las bufonadas más apreciadas de este personaje, consistió durante dos o tres días en atar a la trenza de cabellos que el chino llevaba sobre la espalda, según uso entre sus compatriotas, gran número de raros objetos, bolas de hierba, tronchos de berza, una cola de vaca, un omóplato de caballo recogido en la llanura y otras cosas más a cual más extrañas.

Li, sin conmoverse, desataba el apéndice que había sido añadido a su larga trenza, pero no demostraba ni por una palabra, ni por un gesto, ni aun por una mirada, que la burla le pareciese traspasar los límites permitidos. Su cara amarilla y sus ojillos oblicuos conservaban una calma inalterable, como si fuese extraño a cuanto pasaba a su alrededor.

Hubiérase podido creer verdaderamente que no comprendía una palabra de cuanto se decía en aquella arca de Noé, en camino para el Griqualandia.

Así es que Annibal Pantalacci no dejaba de agregar en su jerga inglesa, variados comentarios a sus invenciones de burlón de baja estofa.


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