La estrella del sur

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Cyprien Méré se encontraba allí, entre la más genuina representación de esa población flotante que acude de todos los puntos del globo a los placeres del oro o de diamantes en cuanto son señalados. Había un napolitano alto, desgarbado, con largos cabellos negros, rostro apergaminado, ojos poco tranquilizadores, que decía llamarse Annibal Pantalacci; un judío portugués llamado Nathan, gran conocedor en diamantes, que se mantenía muy tranquilo en un rincón y miraba la humanidad como un filósofo; un minero de Lancashire, Thomas Steel, mocetón de barba roja, de riñones vigorosos, que desertaba de la hulla para probar fortuna en Griqualandia; un alemán, Herr Friedel, que hablaba como un oráculo y sabía ya todo lo que se refiere a la explotación diamantífera, sin haber visto jamás un solo diamante en su ganga. Un yanqui de delgados labios, que sólo hablaba con su botella de cuero, y que venía, sin duda, a establecer sobre las concesiones una de esas cantinas que consumen la mayor parte de los beneficios del minero; un granjero de las orillas del Hart; un bóer del Estado libre de Orange; un corredor de marfil, que se dirigía al país de los Namaquas; dos colonos del Transvaal, y un chino llamado Li —como conviene a un chino—, completaban la compañía más heterogénea, la más desarrapada y estruendosa con la que hubiese sido dado encontrarse a un hombre.


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