La estrella del sur

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Tonaia debía contar unos cuarenta años. Era alto y robusto. Adornado cuidadosamente con una diadema de dientes de jabalí, su traje se componía de una túnica roja, sin mangas, y de un delantal del mismo color, ricamente bordado con perlas de vidrio. Llevaba en los brazos y en las piernas numerosos brazaletes de cobre. Su fisonomía era inteligente y fina, pero cautelosa y dura.

Hizo una gran acogida al cazador, a quien no había visto hacía ya algunos días, y, por deferencia, a Cyprien Méré, el amigo de su fiel aliado. Los amigos de nuestros amigos son nuestros amigos —manifestó como lo hubiera hecho un burgués del Marais.

Y advirtiendo el cansancio de su nuevo huésped, Tonaia se apresuró a destinarle una de las mejores habitaciones de su palacio y hacerle servir una excelente cena.

Por iniciativa de Pharamond Barthés, no se abordó la cuestión de Matakit, que fue reservada para la mañana siguiente con la impaciencia de Cyprien.

Al otro día, en efecto, Cyprien, decididamente repuesto, se preparaba a reaparecer ente el rey. Toda la corte estaba reunida en el gran salón del palacio. Tonaia y sus dos huéspedes estaban en medio del círculo. Inmediatamente Pharamond Barthés abordó la negociación en el idioma del país, que hablaba bastante correctamente.


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