La estrella del sur

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¿Tonaia tenía conciencia de la prodigiosa riqueza que estaba a su disposición? No era probable, porque Pharamond Barthés, poco fuerte en estas materias, no parecía ni aun sospechar por un momento que aquellos maravillosos cristales fuesen piedras finas. Sin duda el soberano negro se creía simplemente el dueño y guardián de una caverna particularmente curiosa, de la que un oráculo o cualquier superstición tradicional le impedía confiar el secreto.

Lo que parecía confirmar esta opinión, fue la observación que inmediatamente hizo Cyprien, del gran número de osamentas humanas amontonadas en ciertos rincones de la caverna. ¿Era éste el sitio de sepultura de la tribu? O bien —suposición más horrible, y sin embargo verosímil— ¿había servido, o servía aún para celebrar algunos terribles misterios en los cuales se vertía la sangre humana, tal vez en interés de canibalismo?

Pharamond Barthés se inclinaba a esta última opinión, y le dijo en voz baja a su amigo:

—Tonaia me ha afirmado, sin embargo, que después de su advenimiento, no ha tenido lugar semejante ceremonia. Pero, lo confieso —agregó—, el espectáculo de este osario destruye singularmente mi confianza.

Y le enseñaba un enorme montón formado recientemente y en el cual se notaban signos evidentes de cocción.


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