La estrella del sur

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Esta impresión debió quedar poco después plenamente confirmada. El reyezuelo y sus huéspedes acababan de llegar al fondo de la gruta, ante la abertura de una hondonada comparable a una de las capillas que se construyen en las naves laterales de las basílicas.

Detrás de la reja de palo de hierro que cerraba la entrada, un prisionero estaba encerrado en una caja de madera del ancho preciso para poderse mantener agachado, destinado, esto era evidente, a ser engordado para algún festín próximo. Era Matakit.

—¡Vos… padrecito! —exclamó el infortunado cafre en cuanto apercibió y reconoció a Cyprien—. ¡Ah! ¡Llevadme, libertadme!… Prefiero volver al Griqualandia, aun cuando deba morir ahorcado, a quedarme en este gallinero, aguardando el espantoso suplicio que el cruel Tonaia me reserva antes de devorarme.

Esto fue dicho por el pobre diablo con voz tan lamentable, que Cyprien se sintió conmovido.

—¡Sea Matakit! —le prometió—. Yo puedo obtener tu libertad, pero no saldrás de esta caja hasta que hayas restituido el diamante…

—¡El diamante, padrecito! —exclamó el cafre—. ¡El diamante! ¡Yo no lo tengo!… ¡No lo he tenido jamás!… ¡Os lo juro!… ¡Os lo juro!…

Dijo esto con tal acento de verdad, que Cyprien comprendió que no podía poner en duda su probidad.


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