La estrella del sur
La estrella del sur —Tonaia —concluyó al fin— ha cumplido fielmente sus compromisos. Dos dÃas después de mi llegada a la población en la que habita, todo estaba dispuesto para nuestra vuelta, las provisiones de boca, los atalajes y la escolta. Bajo el mando del rey en persona, unos trescientos o cuatrocientos negros cargados de harina y carne curada nos han acompañado hasta el campamento, que hemos vuelto a encontrar en buen estado, bajo el montón de ramaje con que habÃa sido descubierto. Nos despedimos de nuestro huésped, después de haberle dado cinco fusiles en lugar de los cuatro con los que contaba, lo que le hace el potentado más terrible de toda la región comprendida entre la corriente del Limpopo y la del Zambese.

—Pero ¿y vuestro viaje de vuelta a partir del campamento? —quiso saber miss Watkins.
—Nuestro viaje de vuelta ha sido lento, aunque fácil y desprovisto de accidentes —contestó Cyprien—. La escolta no nos abandonó sino en la frontera del Transvaal, en que Pharamond Barthés y sus basutos se han separado de nosotros para dirigirse a Durbán. Por fin, después de cuarenta dÃas de marcha a través del Veld, henos aquà tan adelantados como en el momento de partir.