La estrella del sur

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En el mismo instante, una mirada suplicante de la joven dijo a Cyprien todo el horror que la causaba la proyectada ejecución. Así es que tomó bien pronto su partido, que fue muy sencillo: no encontraría al avestruz.

—¡Li! —ordenó en francés al chino, que acababa de entrar—. Sospecho que el avestruz debe estar en tu habitación; sujétale y procura diestramente su evasión, mientras que yo vaya pasear a mister Watkins por el lado opuesto…

Desgraciadamente, este bello plan falseaba por su base.

El avestruz se había refugiado precisamente en la primera pieza en que comenzaron las pesquisas.

Estaba allí, encogiéndose todo lo posible, con la cabeza oculta debajo de una silla, pero tan visible como el sol en pleno día.

Mister Watkins se arrojó sobre ella.

—¡Ah, bribona! ¡Vaya arreglarte la cuenta! —dijo.

Sin embargo, a pesar de su arrebato, se detuvo por un momento ante la enormidad de disparar su fusil a quemarropa, en una casa que, provisionalmente por lo menos, no era la suya.

Alice se volvió de espaldas para no ver nada de aquello.


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