La estrella del sur
La estrella del sur 
Y Alice, cada vez más espantada, corrió tras él para intentar un último esfuerzo.
Ambos llegaron asà ante la casa del joven ingeniero, dando una vuelta a su alrededor, pero sin encontrar al avestruz. ¡Dada se habÃa vuelto invisible! Sin embargo, era posible que hubiera ya bajado el montecillo, porque la hubiera distinguido en las cercanÃas de la granja. HabÃa, pues, debido buscar un refugio dentro de la casa, introduciéndose por una de las puertas o ventanas que se abrÃa por la parte posterior.
Asà lo comprendió John Watkins apresurándose a volver atrás para llamar por la puerta principal.
El mismo Cyprien salió a abrir.
—¡Mister Watkins!… ¡Miss Alice!… ¡Qué placer veras en mi casa! —exclamó sorprendido ante tan inesperada visita.
El granjero, aún jadeante y con gran furor, le explicó el asunto en pocas palabras.
—Bueno, vamos a buscar a la culpable —decidió Cyprien Méré, haciendo entrar en su habitación a John Watkins y a su hija.
—Yo os respondo que arreglaré bien pronto el asunto —manifestó el granjero blandiendo su fusil cual si fuera un hacha.