La estrella del sur
La estrella del sur Pero el furor de John Watkins habÃa llegado a su colmo. La fuga del avestruz habÃa acabado de exasperarle.
—¡No! —exclamó con voz sofocada—. ¡Esto es demasiado!… ¡Es preciso concluir de una vez!… ¡No puedo renunciar asà al más importante de mis tÃtulos de propiedad!… ¡Una bala en la cabeza harÃa entrar en razón a esa ladrona!… ¡Yo rescataré el pergamino, te lo juro!
Alice le siguió llorando.
—¡Os lo suplico, padre mÃo; perdonad a este pobre animal! —balbuceó—. ¿Es acaso tan importante ese papel? ¿No puede obtenerse un duplicado? ¿Queréis darme el disgusto de matar, delante de mi, a mi pobre Dada, por una falta tan ligera?…
Pero John Watkins no querÃa oÃr nada y miraba por todas partes buscando a su vÃctima.
Por fin la descubrió en el momento que se refugiaba en la cabaña ocupada por Cyprien Méré.
Inmediatamente, el granjero apuntó con su fusil; pero Dada, como si hubiese adivinado los negros proyectos tramados contra ella, apenas vio este movimiento, se apresuró a ponerse al abrigo, ocultándose detrás de la casa.
—¡Aguarda!… ¡Aguarda!… ¡Que yo te alcanzaré, maldito animal! —bramó John Watkins, dirigiéndose hacia ella.