La estrella del sur

La estrella del sur

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Detrás de él, Alice, inclinada sobre su bastidor, bordaba sin ocuparse de su avestruz Dada, que iba y venía por la sala con su gravedad habitual, tan pronto observaba por la ventana, tan pronto considerando con sus grandes ojos, casi humanos, los movimientos de mister Watkins y de su hija.

De repente, una exclamación del granjero hizo levantar a miss Watkins vivamente la cabeza.

—¡Este animal es insoportable! ¡Acaba de cogerme un pergamino!… ¡Dada! … ¡Aquí!… ¡Suelta eso al instante!

Aun no habían sido articuladas estas palabras cuando las siguió un torrente de injurias.

—¡Maldición! ¡Se lo ha tragado!… ¡Un documento de gran importancia!… ¡La minuta del decreto que autoriza la explotación de mi kopje!… ¡Esto es insoportable!… Pero yo haré que la devuelvas, aunque tenga que estrangularte.

John Watkins, rojo de cólera, fuera de sí, se había levantado bruscamente. Corría tras del avestruz, que había acabado, tras dar dos o tres vueltas por la sala, por arrojarse por la ventana, que estaba casi a nivel del suelo.

—¡Padre mío! —decía ahora Alice, desolada por este nuevo atentado de su favorita—. Calmaos, os lo suplico. ¡Escuchadme! ¡Vais a poneros enfermo!…


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