La estrella del sur
La estrella del sur Pero ¿cómo valerse, y, sobre todo, cómo interesarle a John Watkins, convertido en intratable acusador de este infeliz a quien él mismo había abrumado con las más injustas apreciaciones?
Hay que añadir que el granjero no había podido obtener ningún a confesión de Matakit, ni aun enseñándole la horca levantada para él, ni aun ofreciéndole el perdón si hablaba. Obligado, pues, a renunciar a toda esperanza de volver a encontrar La Estrella del Sur, se había vuelto de un humor terrible. No se le podía abordar; sin embargo, su hija quiso intentar un último esfuerzo.
A la mañana siguiente del juicio que condenaba a Matakit, mister Watkins, molestado por su gota un poco menos que de ordinario, se había aprovechado de esta tregua para poner en orden sus papeles. Sentado en un buró cilíndrico de madera de ébano, incrustado de marquetería amarilla, hermoso resto de la dominación holandesa, llegada después de muchas vicisitudes a este rincón perdido del Griqualandia, pasaba revista a sus diferentes títulos de propiedad, sus contratos y sus correspondencias.