La estrella del sur
La estrella del sur 
Alice y Cyprien, sentados el uno junto al otro, se entregaban a una conversación en voz baja en francés, conversación que no parecía menos interesante, a juzgar por la animación de los interlocutores.
Reinaba en aquellos momentos más calor que nunca. Un calor pesado y sofocante que secaba los labios al borde de los vasos, y transformaba todos los convidados en otras tantas máquinas eléctricas, dispuestas a lanzar chispas.
En vano se habían dejado abiertas las puertas y las ventanas. Ni el menor soplo de viento agitaba las bujías.
Cada cual sentía que no había sido una solución posible a tal presión atmosférica: una de esas tormentas, acompañadas de truenos y lluvias torrenciales que se parecen en el África austral a una conjuración de todos los elementos de la Naturaleza. Se aguardaba esta tempestad; se la esperaba como un consuelo.
Bruscamente, un relámpago vino a teñir con un matiz verde los rostros de aquellos comensales, y casi al mismo tiempo el estampido del trueno, retumbando por encima de la llanura, anunció que el concierto iba a empezar.