La estrella del sur

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Ni Alice ni Cyprien podían responder, en voz alta por lo menos; pero sus miradas contestaban por ellos.

El anciano tendió la mano a su adversario, y John Watkins la estrechó con ardor.

Los ojos de todos los asistentes estaban húmedos; incluso los de un viejo constable de cabello gris, que parecía tan seco como un bizcocho del Almirantazgo…

En cuanto a John Watkins, estaba realmente transfigurado. Su fisonomía resultaba tan benévola y dulce, como poco antes era dura y malvada. En cuanto a Jacobus Vandergaart, su faz austera había vuelto a tomar la expresión que le era habitual: la de la más serena bondad.

—Olvidemos todo —exclamó— y bebamos por la felicidad de nuestros hijos, si el señor oficial del sheriff quiere permitírnoslo, con el vino que ha embargado.

—Un oficial del sheriff tiene a veces deber de oponerse a la venta de bebidas excitantes —dijo el funcionario sonriendo—, pero jamás se opone a su consumo.

Después de estas palabras, pronunciadas con buen humor, circularon las botellas y la más franca cordialidad reapareció en el comedor.

Jacobus Vandergaart, sentado a la derecha de John Watkins, formaba con él planes para el porvenir.

—Venderemos todo, y seguiremos a Europa a nuestros hijos —dijo—. Nos estableceremos cerca de ellos, en el campo, y gozaremos aún de hermosos días.


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