La estrella del sur

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—John Watkins —manifestó—, no quisiera abusar de mi victoria, y no soy de los que pisan con sus pies al enemigo vencido. Si yo he reivindicado mi derecho, es porque un hombre tiene siempre la obligación de hacerla. Pero sé por experiencia lo que repetía mi abogado, que el derecho riguroso confina, a veces, con la injusticia, y no querría que recayese sobre inocentes el peso de faltas que no han cometido… Además, me encuentro solo en el mundo y ya muy cerca a la tumba. ¿Para qué me servirían tantas riquezas, si no me fuese permitido compartidas?… ¡John Watkins, si consentís en la unión de estos dos jóvenes, yo les ruego que acepten como dote esa Estrella del Sur, que para mí no tiene ninguna aplicación!… Me comprometo además a nombrarlos mis herederos y reparar así, en lo posible, el daño involuntario que causo a vuestra hija.

Al oír estas palabras, hubo entre los espectadores lo que suele decirse «un vivo movimiento de interés y de simpatía». Todas las miradas se dirigieron a John Watkins. Sus ojos se habían mojado súbitamente, y los cubría con temblorosa mano.

—¡Jacobus Vandergaart!… —exclamó finalmente, incapaz de contener los tumultuosos sentimientos que le agitaban—. ¡Accedo!… ¡Sois un hombre honrado, y os vengáis noblemente del mal que os he hecho, haciendo la felicidad de esos dos jóvenes!


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