La estrella del sur

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Pero si mister Watkins había contado con encontrar en su locatario un compañero de mesa o un bebedor asiduo para dar frecuentes asaltos a la vasija de ginebra, estaba equivocado. Apenas establecido con todo su contingente de retortas, hornillos y reactivos en la casa abandonada en su provecho, y aun antes que las principales piezas de su laboratorio hubiesen llegado, Cyprien Méré había ya comenzado sus excursiones geológicas en el distrito. Así es que, cuando por la noche entraba tendido de fatiga, cargado de fragmentos de rocas en, su caja de zinc, en su morral, en sus bolsillos, y hasta en su sombrero, tenía más ganas de tenderse sobre su lecho y de dormir, que de escuchar las viejas narraciones de mister Watkins. Además, fumaba poco y bebía menos. Todo esto no constituía precisamente el alegre compañero que el granjero había deseado.

Sin embargo, Cyprien Méré era tan leal, tan bueno, tan sencillo de maneras y de sentimientos, tan modesto y tan sabio, que era imposible verle con frecuencia y no poder simpatizar con él. Mister Watkins, tal vez sin darse cuenta de aquello, le guardaba más respeto que a nadie había tenido hasta entonces. ¡Si siquiera este muchacho hubiese sabido beber seco! Pero ¿qué queréis hacer de un hombre que no se echa jamás una gota de gin en la garganta? He aquí cómo se terminaban regularmente los juicios que el granjero hacía sobre su locatario.


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