La estrella del sur
La estrella del sur En cuanto a miss Watkins, había fraternizado pronto con el joven sabio. Encontrando en él un sello de distinción, una superioridad intelectual— que no veía en su sociedad habitual, había acogido con avidez la ocasión que se le ofrecía para completar, por medio de nociones de química experimental, la muy sólida y variada instrucción que ya tenía por la lectura de algunas obras de ciencia.
El laboratorio del ingeniero, con sus extraños aparatos, le interesaba, poderosamente. Era, sobre todo, muy curiosa por conocer todo lo que se refería a la naturaleza de los diamantes, esta preciosa piedra que jugaba en las conversaciones y en el comercio del país un papel tan importante. Verdaderamente, Alice estaba muy predispuesta a no considerar esta gema sino como un feo guijarro. Cyprien, ella lo sabía bien, tenía sobre este punto desdenes muy semejantes a los suyos, y esta comunión de sentimientos no fue extraña a la amistad que tan rápidamente se había anudado entre ellos. Solos en el Griqualandia, puede decirse, no creían que el objeto único de la vida fuese el buscar; tallar y vender esas pequeñas piedras tan ardientemente deseadas.